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Evitando el Fuego

Cuento
por
Carlos Ávila Pizzuto

   Estamos en una hacienda antigua y sospecho que hay fantasmas.

    Antes me han pasado cosas inexplicables en edificios antiguos; como la vez que inesperadamente fui nombrado Papa de la Iglesia. Fue muy extraño, mi antecesor estaba muriendo, me explicó que había posibilidad de heredarme el cetro papal sin cónclave porque las condiciones sociales no estaban para dejar una sede vacante. No imaginé que un laico casado pudiera ostentar ese honor, pero al recibir el cetro surgió dentro de mi una dignidad nueva. Fue como si de pronto supiera que mi alma está llamada a la grandeza. Un ejercito tiránico me arrebató el cetro y dominó a través de la fuerza cualquier resistencia. En aquella ocasión fui derrocado y muchos adultos desaparecieron. Sé que están muertos y me llaman desde el centro de la tierra donde fueron enterrados. Esperan que les devuelva su luz, su vida, su dignidad y su lugar en la historia. ¡Donde están los adultos! - gritaba desesperado... Enterrados mientras los niños lloran, como siempre, muertos mientras los niños tendrán que crecer solos, como siempre, descuidados, como siempre, abandonados como siempre.

      La hacienda en la que estoy tiene objetos extraños, quizá de origen prehispánico. Mi esposa, que tiene alma de bruja, al pasar cerca de ellos los hace brillar. Ella, como yo, entiende que hay algo sobrenatural en todo eso. No es algo terrible, se nota que son fantasmas inofensivos y simpáticos como los que comen hot dogs en Manhatan, pero sospecho de algo más. Hay un llamado fuerte para encontrarme con una fuerza mayor.

     Me adentro solo a un patio, que para mí permanecía inexplorado,  y una vibración me cimbra desde adentro, giro mi cabeza para ver atrás, donde cae mi sombra, misma que con frecuencia ignoro y están mirándome desde arriba dos tiranosaurios rex  de madera. Quizá recuerdas haber armado uno de niña, pero estos son enormes y tienen una luz en su centro, uno de ellos tiene una luz azul y la otra, sí es hembra, roja. Sé que quieren que los toque, sé que necesitan compartir su luz.

     Tengo miedo pero acerco mis manos a ellos y de su interior surgen un joven y una joven. Ambos morenos, con atuendos sencillos que me hacen referencia a jóvenes activistas. Siento especial admiración por ellos y noto que ella tiene en el cuello cicatrices de quemadura, lo que me lleva de inmediato a verlo a él y noto que también ha sufrido quemaduras.

     Tengo miedo de aplicarte el tratamiento- me dice ella con visibles muestras de nerviosismo mientras extrae de su bolsa un jeringa, que sé, está destinada para mí - la aplicación del fuego me ha dejado herida y temerosa, no sólo me aterra la idea de volver a vivir la prueba de fuego sino me aterra aplicártela a ti. Ojala él tuviera el valor de aplicártela.

    Su compañero evita tocar la jeringa, se ve visiblemente más asustado que ella, entiendo que la prueba a la que han sido sometidos es terriblemente dolorosa y yo me siento atraído a arder en llamas y temeroso de sentir el ardor. Sobre todo temo llevar en mi piel cicatrices que me hagan impuro.

   Siento vergüenza de que leas que mi temor a enfrentar este nuevo bautizo, esta segunda iniciación sagrada, es por vanidad... No es tan simple, crecí evitando ensuciar la ropa ¿Imaginas dañar la piel?

    ¿Cómo será arder? ¿Podré tolerar la prueba?

   ¿Podré escapar a ella despertando de este sueño o ya no hay vuelta atrás?
 
    Quizá el llamado de los adultos y la soledad de los niños me arrastre irremediablemente al fuego.


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