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EL MÉXICO QUE SUEÑO


EL MÉXICO QUE SUEÑO

CARLOS ÁVILA PIZZUTO

Vivo en un país sin esperanza… que compite entre sí, con mexicanos temerosos de reconocer que piensan los que piensan y sienten lo que sienten si alguien más no lo ha expresado antes. Vivo en un país asustado, que se hostiliza a sí mismo, en el que se reparten los recursos unos cuantos que pelean por manejar la ley a su favor. Vivo en un país donde muchos esperan tener 40 para empezar a trabajar y dónde muchos no trabajan por estar obligados a estudiar currículas inútiles. Un país que ha creado toneladas de “ninis”[1] que esperaban entrar a una universidad para obtener licencia para trabajar y que ha falta de obtener matricula, están aterrados sin saber cómo vivir.

No quiero ser parte de la desesperanza quejosa e inmóvil, de aquellos que piden permiso para ser auténticos, no quiero callarme en la espiral del silencio construida por aquellos que se benefician, parcialmente, del status quo. No más quejas, no más hablar mal de México, mejor construir.

¿Qué debemos construir? Ciudadanos que no compitan; mexicanos que construyan juntos, que hagan en vez de quejarse, mexicanos que defiendan su creencias y su derecho a ser. Para esto creo debemos ver la educación de otra forma completamente nueva.

La escuela a la que los niños y jóvenes están obligados a ir está construida para favorecer la sumisión que era necesaria al inicio de la era industrial. Debemos desarrollar un sistema educativo más económico y más eficiente. Orientado al desarrollo de humanos competentes para enfrentar la vida de manera más exitosa y sustentable.

Hace falta una escuela que cultive la autonomía, la esperanza, la moderación, el amor, el respeto, la autenticidad, la valentía y la creatividad.

Esa escuela no puede tener planes estandarizados y maestros incompetentes. Tiene que tener un consejo académico que desarrolle currículos y formas de aprendizaje especializadas para cada alumno y alumna. Se debe considerar la personalidad del estudiante o la estudiante y las competencias que tiene y las que son su carencia.

Esa escuela no puede recurrir a la expulsión como principal recurso para lidiar con los conflictos. Sería una escuela sin “Bullys” ni “victimas” porque sería una escuela dónde los niños y jóvenes podrán aprender a relacionarse sin etiquetas que favorezcan la discriminación.

Esta escuela enseñaría a los jóvenes a concentrarse en vez de volverlos casos psiquiátricos, enseñaría colaboración a los que creen que merecen todo, enseñaría defensa a los que creen que deben ceder en todo, enseñaría a crear a los que creen que nada de lo que existe vale la pena. Esta escuela enseñaría ciencia haciendo experimentos y documentándolos. En esta escuela se conversaría sobre la historia. Está escuela dará un valor equivalente a lo artístico que a lo científico. En esta escuela se actuará, danzará, ejercitará, pintará, construirá, fabricará, experimentará, documentará, se generarán recursos económicos, se cultivará, se desarrollaran tecnologías, se leerá, se escribirá, se conversará, generará conocimiento, filosofarán, comprenderán valores espirituales y religiosos de cualquier culto que profesen o que quieran conocer, construirá posibilidades.

Los alumnos y las alumnas aprenderán modos de vivir dignamente sin necesidad de hacer una carrera; aprenderán metodologías para adquirir nuevo aprendizaje que les permita desarrollarse hasta donde puedan satisfacer sus necesidades de sentido y contribución social; sabrán negociar y resolver conflictos; conocerán la historia y si identidad como humanos y ciudadanos de México; sabrán usar el lenguaje y los números para ayudarse a construir sus potencialidades; tendrán dominio suficiente sobre sus pensamientos, emociones y su cuerpo para que estos les sirvan como recursos para su satisfacción y plenitud; comprenderán el valor del amor y el respeto. Serán ex alumnos y ex alumnas que construirán un país que amen en vez de ser personas que odien el país que tienen y todo esto antes de cumplir 18 años.

En esta escuela se formará también a docentes que quieran ser parte del proyecto. Estos facilitadores del desarrollo tienen que ser humanos competentes en sus áreas de experiencia y competentes cómo guías de vida. No pueden ser esos “maestros” que dicen: “¡Pero eso les toca a los papás!”, “¿Pues qué resulta que somos psicólogos?”, “¿Por qué debe interesarnos lo emocional si nosotros enseñamos matemáticas?”. Tiene que ser humanos generosos y que pongan su sentido de vida en el desarrollo humano.

Desde hoy trabajo en volver esa escuela una realidad. [1] Ni estudia ni trabaja.
Un año ya de que de que escribí esto y no olvido mi sueño. 

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